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La noche de los muertos

Por: Hugo Roca Joglar / Fotografía: Andrea Tejeda Korkowski

Cada 1 y 2 de noviembre el panteón de San Andrés Mixquic se inunda de caras maquilladas llenas de júbilo, caras solemnes. Estos son los rostros que iluminaron el pequeño pueblo al sur de la Ciudad de México. Los acompaña un relato de Hugo Roca Joglar, inspirado en el folklore único de nuestro día de muertos.

¿Quién no ha amado sobre una tumba?

El cantante se empina una botella de mezcal bajo el sombrero charro y “La Tabla del 1” duerme al lado de su trompeta. Los otros integrantes del grupo (guitarrón, contrabajo, par de violines, marimba y bombo) se han dispersado. Muy pronto, a la 1 de la madrugada, comenzará el Gran Concierto de la Noche de los Muertos.

−      … me da miedo… −Memo citó a su novia aquí, en el cementerio de Mixquic, con la fantasía de amarla sobre una tumba−… que Raquel no venga…

Velas y flores de colores trazan caminos entre sepulcros que terminan en altares. Las personas los recorren, a pie o en bicicleta, y algo los distrae a la mitad del recorrido: tacos de canasta envueltos en páginas de periódicos amarillistas; flacos malabaristas descamisados; tristes faquires; un vendedor de lotería de bigote poblado y solemnes gestos llenos de apostura y pausa; merolicos de chillido penetrante y dicción incomprensible; changarros de tlayudas, sopes y garnachas decorados con estampas de futbolistas noventeros (como Efraín, “El Chuchillo”, Herrera).

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−      ¿Cómo vas hacia tu muerte?

−      En frenética carrera, tomando fotografías.

−      ¿Y de qué manera quieres morir?

−      Entre lava, con mi análoga en la mano…− Patricia tiene una pesadilla recurrente: estar en medio de sucesos extraordinarios (asesinatos, auroras boreales, un desfile de animales mitológicos) y nunca poder captarlos porque, torpe, olvidó la cámara en su casa− …captando cada instante de la apocalíptica erupción del Popocatépetl. 

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Nunca un cementerio se ha parecido tanto a la ciudad: Un viejo anacrónico (traje de tres piezas) que bolea zapatos con cepillo de crin de caballo; menonitas altos y pálidos, casi fantasmales, que cargan cestas de mimbre repletas de duros quesos de sabor fuerte; jocosos policías, de pistola y macana, que permiten el consumo de drogas y ávidamente cazan carnosos traseros de mujeres para alburearlos con cerda astucia de machos impotentes; tres famélicos perros, blanco, dorado y negro, con la cola entre las patas, que por cada migaja robada ganan una patada, y no les ha quedado de otra más que lamerse unos a otros la piel anhelando llegar al hueso. 

Puso su petate sobre la vía adoquinada que lleva a la Iglesia y se quedó dormido con el brazo derecho rodeando su trompeta. Le dicen “La Tabla del 1” porque con él todo es simple. Cambios de planes, conflictos inesperados o excéntricas invitaciones de última hora… Todas estas cosas las acepta sin chistar. Desde un punto de vista social, es un hombre con el que no se batalla.

Pero hacia dentro todo cambia. Su intimidad es contradictoria y compleja. Estudió música en el Conservatorio; es un trompetista graduado. Se volvió mariachi mientras encontraba trabajo en una orquesta sinfónica. De eso hace ya 7 años. Su nombre real es Matías.

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−      ¿Cómo vas hacia tu muerte?

−      Como pájaro inquieto, volando de un mundo abstracto a otro.

−      ¿Y de qué manera quieres morir?

−      De un infarto fulminante… – Santiago, estudiante de física, bebe su tercera caguama Corona (“me encantan estas botellotas sin etiquetas, impresas directamente en el vidrio, porque se ven bien vintage”) y le da dos toques largos y sonoros a un cigarro que rola libremente por el cementerio de unos labios a otros –… bailando rumba con la cara enterrada entre los senos inmensos de una mujer cachonda y elegante.

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Primeros segundos de noviembre. Llevamos tantas horas juntos: estas tumbas decoradas ya las sentimos como casas. La convivencia ha transitado por varios estados. La mañana fue cálida (extraños dispuestos a darse los buenos días). Al mediodía, a causa de cierta sensación de sobrepoblación, se retrajo hacia hostilidad (“este es mi pedazo de tierra y no te quiero demasiado cerca”). Hora de comer bulliciosa y plácida. Para la tarde (cada grupo bien definido en su territorio) se propusieron brindis comunitarios (“¡por la salud de todas las almas!”, “por la seguridad de cada uno de nuestros hogares!”, “¡porque en la liguilla se chinguen al Ame!”). Al ocaso, la alegría burbujeaba. La noche reveló otra dimensión en cada forma: ese hombre violento que, caguama en mano, se dedicó a increpar durante toda la jornada a desconocidos y amigos, suspiró de pronto (honda, lentamente), cerró los ojos, apoyó las rodillas sobre el camposanto y desde entonces no ha dejado de rezar.

Y así, a causa de la oscuridad, las cosas comenzaron a cambiar: colores (los ojos de una niña eran cafés pero ahora brillan como la plata), situaciones (el revolver en un altar en honor a un carrancista que murió por su propio disparo ya no luce siniestro sino conmovedoramente romántico) y distancias (los 100 metros por el adoquinado, las dos vueltas a la izquierda y luego a la derecha, que separaban a la Iglesia de la monumental tumba de Don Ignacio Carreño son ahora un misterioso avanzar a tientas bajo la única guía del rojo crepitar de una clandestina fogata que arde sobre dicha tumba y proyecta por el piso su silueta distorsionada a manera de gótico castillo).

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−      ¿Cómo vas hacia tu muerte?

−      Usando mis manos para liberar cuerpos de emociones hechas nudos.

−      ¿Y de qué manera quieres morir?

−      Meditando…–Leticia está disfrazada de catrina. Ropa negra, la cara llena de pintura blanca y estrambótico sombrero floreado. Se dedica al Shiatsu. Libera energías enterradas a través de la digito-presión –… entre las vibraciones de mi cuenco tibetano.

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Nubes de tormenta se acumulan en el cielo. La luna brilla en algún lugar detrás de ellas: luz abstracta que demanda tener fe. ¿Cómo creer en la existencia de algo que no puedes ver? Suena la campana. Un tañido largo y contundente: la 1 de la madrugada. El cantante mueve a la “La Tabla del 1”, quien da un salto en sueños y luego balbucea tres palabras: “no estén chingando”. Pero se para mansamente. Toma su trompeta y limpia la boquilla con la manga de su saco de pana color negro. No ha cejado (y tal vez por eso es el único del grupo que se niega a disfrazarse de mariachi) en su empeño de algún día tocar en una sala de conciertos a George Philip Telemann (quien en el siglo XVIII demostró que los alientos son capaces de provocar la ilusión de polifonía y por lo tanto ser instrumentos solistas). Por lo pronto, intenta intercalar en su repertorio mariachi algún elemento clásico. El cantante no siempre lo deja, pero hoy le dio permiso, y “La tabla del 1” eligió para abrir el concierto realizar un curioso experimento...

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−      ¿Cómo vas hacia tu muerte?

−      Añorando cosas viejas.

−      ¿Y de qué manera quieres morir?

−      Al lado del mar… –Daniela nació en una playa veracruzana. Desde los 10 años vive en el DF. Ahora, a los 64, viuda y jubilada, la ha embargado una incontenible nostalgia por su infancia −…tomando el sol, viendo barcos, bebiendo cerveza en un día soleado.

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Según la tradición hebrea, existe un Libro de la Vida que registra todos los medios posibles en que una vida humana puede extinguirse. Leonard Cohen parte de esta idea y utiliza la melodía de la oración “Mi Ba Esh” para preguntarse (en la canción ”Who by Fire”) quién morirá de qué manera. “La Tabla del 1” avanza hasta la puerta de la Iglesia y comienza a preguntar con su trompeta:

¿quién morirá tras un lento ocaso?

¿quién morirá por agua?

 ¿quién morirá en pleno ascenso?

El sonido de la trompeta tiene una maldad extraña. Es penetrante y agudo. Una voz de sensualidad angustiante que actúa, sin intermediación de la inteligencia, directamente sobre los nervios. Y su influjo es oscuro, tan incomprensible que resulta anterior a la realidad.

¿quién morirá camino a su trabajo?

¿quién morirá por su propia mano?

¿quién morirá en soledad?

El silencio es triste. Mil seres humanos reducidos por una música de sombras. Ni siquiera hay asombro, sólo pensamientos incompletos, de pedazos ausentes, sin continuación posible.

¿quién morirá por fuego?

¿quién morirá sin hijos ni hogar?

¿quién morirá virgen?

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−      … aquí está, ¡es ella!... –Memo deja el vaso, pasa la mano izquierda por su rizado cabello negro y muerde una naranja. Raquel avanza hacia él. Tiene una sudadera rosa y la capucha puesta. Es esbelta, de nariz larga y labios carnosos que pintó de rojo encendido. −… ahora nada más falta que no quiera coger…

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