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Caminando sobre las nubes

Por: Felipe Luna Espinosa

Existe un territorio sagrado para los Wixarika (huicholes) que comprende más de 140 mil hectáreas dentro del estado de San Luis Potosí. Ahí, según ellos, nació el sol y ahí, inevitablemente, se renovará el Universo. Felipe Luna Espinosa caminó con ellos entre las montañas y se enteró del peligro inminente que acecha a la tierra sagrada Wirikuta.

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Eran cientos caminando por encima de las nubes. Se dirigen juntos hacia la cima de la montaña que vio nacer al sol, al lugar donde se renovará el Universo. El día anterior al ascenso, tras uno de los periodos de sequía más largos y crueles de los que se tiene memoria, el cielo se vino abajo.

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Son tiempos difíciles. Se ha acordado la entrega de concesiones a diversas empresas mineras canadienses. La explotación de la tierra y la extracción de minerales en 59 678 hectáreas, lo que equivale a casi la mitad de la superficie total de Wirikuta, es inminente. Devastados por la reanudación de la actividad minera y la escasez de lluvias, los wixaritari emprenden una búsqueda colectiva de visiones que sólo puede culminar en este lugar donde habitan las deidades y los espíritus ancestrales. Todo elemento natural que existe en Wirikuta es considerado sagrado. Y cada año, entre los meses de octubre y marzo, guiados por los maraka’ames (chamanes), recrean el camino mítico en estado contemplativo, en silencio.

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Nunca antes se habían sumado tantos al peregrinaje ancestral. Se comienza en el mar, en Haramara (San Blas, Nayarit), y termina en la punta del Cerro Quemado donde amaneció por vez primera. En el origen los dioses fueron guiados por Tatewari (abuelo fuego); cuentan que hasta aquí llegó un venado que con sus cuernos elevó el disco solar al cielo, otorgándole luz al mundo. Ahora, la historia y el universo de los Wixaritari se encuentran bajo amenaza.

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Para nosotros los teiwari el clima es hostil, el camino agota y la cuesta castiga. Pero los que habitan y protegen este universo, aquellos que hablan con dioses y sueñan en comunidad, se fortalecen en cada paso. Niños, mujeres y ancianos son tan livianos como las nubes que nos acompañan en la odisea. Su tradicional vestimenta ilumina el paisaje desértico, y el silencio comunal parece provocar que el estruendo del cielo en furia y la sed de la tierra se manifiesten frente a la hostilidad que se avecina. El pico del cerro sagrado se asoma en el horizonte.

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Por el tipo de yacimientos de la región, el método más adecuado para la explotación sería el de minado a cielo abierto. Se requiere retirar enormes cantidades de tierra cerca de la superficie, material que tendría que ser lixiviado con caudales de agua y el uso de sustancias altamente tóxicas. El proyecto de la minera contempla rellenar las oquedades con la tierra procesada, lo que contaminaría los sustratos y mantos freáticos. Los concesionarios justifican el proyecto con la promesa del empleo, pero la mano de obra que necesitarán es mínima. A cambio de la destrucción de Wirikuta la derrama económica sería marginal, efímera, y los habitantes tendrían que dejar para siempre las tierras muertas.

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Tras el ascenso final a la cima del Cerro Quemado, el silencio se rompe y los ritmos sincopados de la música wixárika asaltan la noche. Suspendidos en el cielo los cuerpos descansan, se encienden las fogatas como único refugio ante el viento implacable y el frío que abrasa las articulaciones. Junto al fuego los maraka’ames cantan sin descanso mientras inducen la visión a través del hikuri (peyote) y acercan a las llamas la vaca que será sacrificada. Dentro del círculo se coloca la cabeza y hunden el puñal en la yugular. De su cuello brota la sangre al tiempo que los cantos se convierten en llanto. El fuego ilumina los ojos que se despiden de esta vida. Y así comienza la ceremonia de la renovación de la velas que provee el equilibrio del mundo, el universo ha sido renovado y la vida seguirá sus múltiples caminos.

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Amanece, y las nubes que nos envuelven me llevan al oleaje de ese mar primigenio que en tiempos inmemoriales golpeaba la montaña. Ese mismo mar que hoy es desierto. Entonces, se escucha a Eusebio de la Cruz González del templo de Santa Catarina Cuexcomatitlán, que transmite el sueño colectivo y el mensaje de las deidades:

“Están tristes los dioses, el abuelo fuego y el dios de Wirikuta solicitan, con lágrimas, llanto y dolor, que no se le saque el corazón al cerro del Quemado. Los dioses dicen que quien quiera defender este lugar sagrado lo considere con su pensamiento, porque de aquí nace la verdad y la vida, y si sacan la sangre a la tierra, el pueblo wixárika desaparecerá.”

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*Desde 1998, Wirikuta es parte de la Red Mundial de Sitios Sagrados Naturales de la UNESCO.

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