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La isla de todos

Por: Miguel Rivera Dávila

Estas tierras nunca han estado desiertas. Los mayas, sus descendientes e incluso intrépidos bucaneros europeos se asentaron aquí a través de la historia. Siempre ha sido tradición que la isla reciba a locales y extranjeros por igual con brazos abiertos. Hoy en día nada ha cambiado.

Hace poco más de 10 años el 100% de la población de Holbox (hoyo negro en maya), se dedicaba a la pesca, hoy, al menos tres cuartos de la población ha cambiado de giro y vive del turismo. Sin duda la pequeña isla mexicana ve miles de visitantes intermitentes a través del año, pero también recibe una especie de huésped más especial: aquel que se enamora. Algunos han estado ahí siempre, otros deciden quedarse y algunos más, aunque parten, se llevan un pedazo de Holbox con ellos.

 

Desde Praga con amor

Alexej visitó Holbox por primera vez en 2005, cuando la población era apenas de 1198 habitantes. Tras escapar de su natal Checoslovaquia y recorrer el mundo encontró un hogar lejos del hogar en el Caribe Mexicano. Su pasión, además de ver películas de terror de Hitchcock, es hacer windsurf, y según él "no hay lugar en el mundo con mejores aires que aquí". Actualmente visita Holbox cada invierno y trabaja como instructor, busca iniciar a otros en el deporte que le hizo descubrir su paraíso de cabecera.

Amante de las aves

Miguel visitó la isla con su esposa y dos hijos. Como quien se prepara para la tormenta que viene, decidió darse una escapada de apenas tres días para cargar baterías frente al sol del sureste mexicano. Él es contador y vienen los meses más duros del año para quienes ejercen su profesión: las declaraciones anuales  fiscales no son algo que se toma a la ligera. Muchos se van de Holbox pensando en las aguas cristalinas o en su encuentro con el tiburón ballena, Miguel siempre recordará las aves, su vuelo, su graznido y el color marrón de su plumaje.

Capitán de su propio barco

Rogelio es guía de turistas en Holbox, aunque no siempre fue así. Él es uno de los pocos que nació dentro de la isla, y como la mayoría de los oriundos, nunca ha salido de ahí. Antes, cuando era joven, pescaba junto a su padre y su abuelo, las aguas estaban llenas y nunca faltó producto. Hoy es diferente y la cada vez más escasa vida marina de la zona le ha obligado a llevar viajeros a puntos que él visita desde niño. No es algo que le moleste, le gusta explicar sobre las aves, presumir sobre el manantial cristalino de Yalahau y, de vez en cuando, prestarle el volante de su navío motorizado a turistas curiosos. Él se mantiene atento para no perder de vista la orilla.

Aroma a pan recién horneado

Marisol es de Perú, pero reside en la Ciudad de México desde hace más de treinta años. Para no perder su sentido de origen hornea más de 300 alfajores peruanos a la semana, los cuales vende. Al llegar a la isla se enteró de la existencia de una panadería francesa, Le Jardin, y se propuso desayunar ahí antes de regresar a la ciudad, pero las prisas y un par de imprevistos de última hora se lo impidieron. Marisol planea regresar y deshacer un croissant recién salido del horno entre sus dedos y disfrutar de su aroma a mantequilla con el oleaje del mar como música de fondo.

Un reino de amor y baguettes

Bruno encontró el amor en México. Él es francés, y ha comenzado un imperio de foodtrucks a través de la Riviera Maya. Apenas cuenta con dos, uno en Playa del Carmen y otro en Holbox, pero no hay un minuto del día en el que esté tranquilo. Baila, canta (reggaeton en ambos casos) y atiende a sus clientes con una sonrisa permanente. Al pedirle posar para un retrato él accedió amablemente y sin dudar, tomó a Carmen de la mano para posar a su lado. Éste es su equipo, su ancla en la isla y todo el imperio que necesita.

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