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Algo de inmutabilidad salvaje

Por: Texto y fotografía: Nadia del Pozo

Parece que viven en el pasado pero es una de las muchas realidades que coexisten en México. Su sonido es sereno y ordenado, lleno de esos límites que a ellos les da sentido y coherencia. Son los menonitas que llegaron en familia y con todos sus enseres para asentarse en unas tierras fértiles del estado de Chihuahua.

Hace un tiempo titulé una de sus fotografías, "con tu capa nueva seremos tormenta". Quería volver en los meses de lluvia, justo cuando iban a estar recogiendo los tomates del huerto. Los había imaginado corriendo con sus cestas, empapados y muertos de la risa para cobijarse en la casa. Aunque recuerdo bien que tienen el huerto como invernadero y no al aire libre, así que tal vez podrían haber estado jugando a fútbol afuera o degollando un pollo para hacer caldo. El día que los conocí olía a caldo de pollo. También a leche, a miel, a galletas, a jabón neutro.

Yo había llegado a la Sierra Rarámuri acompañada de una buena amiga que estaba haciendo un documental sobre los niños migrantes que suben desde El Salvador y otros lugares para cruzar por la frontera. Encontrarles fue como hacer parada en un oasis, primer asomo: la biblioteca de madera donde estaba Hannah, la más estudiosa con la luz en su cofia, en los dedos que ordenan los libros por orden alfabético, con el gesto de quien tiene adentro un anciano de muchas vidas. Enseguida nos invitaron a desayunar a la mesa del comedor, una de esas alargadas donde caben muchos hijos y perros por debajo y entre las piernas. También nos preguntaban de donde veníamos y tú, Joseph, sabías bien de geografía y supiste localizar mi isla calmada; tú, Martta, tan solo asentías con esa mirada acogedora, la del verdadero hogar.

Hace más de una década que llegaron allá buscando ese sosiego que hay montaña adentro, lejos de las carreteras que llevan a las urbes. En Cuauhtémoc no tienen a nadie, están todos en Estados Unidos. El último encuentro familiar fue hace tres años, lo recuerdo porque estaba la fecha en el álbum donde aparecían de pie con idéntica vestimenta, tonalidad de cabello, de mejillas, posición de manos y pies (pensé que tendrían también un aroma similar, suave como a cereal o mantequilla casera). De hecho, antes de que la situación de los rarámuris empeorara con el asedio del narcotráfico, iban algunas familias a comprarles mantequilla, a usar su teléfono y de paso conversar con ustedes en el salón. Sucedió estando yo allí, y fue entonces, en una de esas visitas, cuando me escabullí para espiar a los niños en sus dormitorios.

Thomas jugaba con sus tractores en el suelo, tumbado y con cara de sueño, gateé por la moqueta hasta él y me apoyé en la pared para observar cómo terminaba por caer rendido a su propia aventura. Había algo en todos de inmutabilidad salvaje, de actores convertidos hace tiempo en sus propios personajes; saben del público, lo tratan bien sin que su presencia afecte su ritmo. En los dos dormitorios de enfrente entraban y salían varias de las niñas. Me acerqué para observarlas colgando algunos vestidos recién planchados, jugando con la cocinilla, agarrando un peluche, ordenando botes de cristal, estudiando unas partituras.

También quería regresar a ese escenario en los meses de lluvia para ver con reflejos grises sus rostros traslúcidos. No se dirigían a la cámara y si lo hacían era para verme a mí, extasiada por esos silencios. Ni siquiera me inquietaba tratar de descubrir secretos, todos tenemos secretos, aunque leamos la Biblia y cantemos como los ángeles cada día en comunidad. En algunos rincones hay que esconderse con el gato para analizar por qué tu hermana gemela nunca llora, parece que nada le duele. Intuía que cuando los dejara todo seguiría igual, tal vez posarían la mano sobre el otro en el borde de la cama al final del día para desvestirse, con la puerta cerrada porque terminaron de instruir a los críos. Pero no habría gritos, no habría verdaderos conflictos ni la presión por buscar el golpe para propiciar una huida. Puedes aislarte para tratar de conservar la inocencia pero es difícil evitar la crueldad, hay insectos, ordeñan las vacas y siempre está la mente que se rebela para sobrevivir. 

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