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Bailamos con la muerte

Por: Antonio Escalona, Texto: Octavio Paz

La muerte es un poco menos oscura aquí en México, se esconde un poco menos. Tenemos flores que nos iluminan el camino con su brillante anaranjado, veladoras que aclaran la vista y queridos difuntos que vienen cada noviembre a robarse el alma de los platillos que dejamos en sus altares. La muerte, para nosotros, y aunque duela, también se festeja. Nos pintamos la cara y salimos a las calles como catrinas y calacas, dándole la bienvenida a ella, que de todos los días escoge éste para bailar con nosotros entre sonrisas y colores.

Las siguientes fotografías de Antonio Escalona tomadas en el Zócalo de la Ciudad de México reflejan bien esta actitud hacia la muerte, misma que transpira en los extractos del texto "Todos Santos, Día de Muertos" del ilustre escritor mexicano Octavio Paz.

La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida. Toda esa abigarrada confusión de actos, omisiones, arrepentimientos y tentativas —obras y sobras— que es cada vida, encuentran en la muerte, ya que no sentido o explicación, fin. Frente a ella nuestra vida se dibuja e inmoviliza. Antes de desmoronarse y hundirse en la nada, se esculpe y vuelve forma inmutable: ya no cambiaremos sino para desaparecer.

Nuestra muerte ilumina nuestra vida. Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo nuestra vida. Por eso cuando alguien muere de muerte violenta, solemos decir: "se lo buscó". Y es cierto, cada quien tiene la muerte que se busca, la muerte que se hace. Muerte de cristiano o muerte de perro son maneras de morir que reflejan maneras de vivir.

Si la muerte nos traiciona y morimos de mala manera, todos se lamentan: hay que morir como se vive. La muerte es intransferible, como la vida. Si no morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra la vida que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece la mala suerte que nos mata. Dime cómo mueres y te diré quién eres.

Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito. Vida, muerte y resurrección eran estadios de un proceso cósmico, que se repetía insaciable. La vida no tenía función más alta que desembocar en la muerte, su contrario y complemento; y la muerte, a su vez, no era un fin en sí; el hombre alimentaba con su muerte la voracidad de la vida, siempre insatisfecha.

Así, frente a la muerte hay dos actitudes: una, hacia adelante, que la concibe como creación; otra, de regreso, que se expresa como fascinación ante la nada o como nostalgia del limbo. Ningún poeta mexicano o hispanoamericano, con la excepción, acaso, de César Vallejo, se aproxima a la primera de estas dos concepciones. En cambio, dos poetas mexicanos, José Gorostiza y Xavier Villaurrutia, encarnan la segunda de estas dos direcciones. Si para Gorostiza la vida es "una muerte sin fin", un continuo despeñarse en la nada, para Villaurrutia la vida no es más que "nostalgia de la muerte".


- Octavio Paz

 

 

*Los personajes de Día de muertos inundan los panteones, te invitamos a ver nuestra galería de retratos del 2 de noviembre de 2015 en el Panteón de Mixquic.

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