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Una historia más

Por: Miguel Rivera Dávila // Fotografía: Izcaret de la Parra y Francisco Íñigo

El Nevado de Toluca se encuentra a 4,680 metros de altura. Razón por la cual, cuando uno comete el error de subir por la cara opuesta a la civilización y pierde 3/4 de la gasolina sorteando baches y dunas, la preocupación debería estar presente. Este es el por qué de la desaparición de los nervios y los recuerdos de quienes tomaron parte en esta aventura.

Me imagino que el terrateniente que nos ve pasar por su rancho sin permiso no está muy complacido y su cara es un poema de incertidumbre y rabia. Estamos perdidos y sin idea alguna de cómo y cuándo podremos llegar a la cima. Mi mirada está fija en la luz parpadeante blanquiazul que me dice que tengo menos gasolina de la que me gustaría y sin duda, mucho menos de la que será necesaria para el viaje de regreso. Fran y Fede ríen a carcajadas. ¿Cómo acabé aquí con estos dos individuos?

Conocí a Federico Reul cuando él tenía once años. Al entrar a secundaria Fede era de los más pequeños de la generación, así que defendía lo que era suyo a través de comedia y picardía. Nunca lo he platicado con él, pero me imagino que no fue fácil, como para ninguno de nosotros que, entre ansias y pubertad, solemos ahogarnos en la incertidumbre colegial. A nuestro tercer año de compañeros y ya con la confianza fraternal que viene con el tiempo, tuvimos la oportunidad de viajar a Orange, Massachusetts, donde nos recibiría, a cada quien, una familia adoptiva por un par de semanas.

Lo que fue una experiencia de contrastes novedosos, sólo se manchó por un momento de pánico. Cierto día, nuestros amables anfitriones nos hicieron el favor de llevarnos a conocer la ciudad de Boston y todos los estudiantes permanecimos cerca de nuestra familia adoptiva en todo momento, pero no Fede. Un grito de su hermana temporal nos lo dejó saber a todos: "¡perdí a mi niño! ¡perdí a mi niño!". Él, ahora sé, fue a dar la vuelta y se percató de algún cementerio de discos usados que atrajo su atención y le importó poco la gran ciudad, el tráfico de hora pico y los nervios de su nueva familia. Después de media hora, que pareció una eternidad, el pequeño Fede volvió por su cuenta, caminando hacia nosotros con una sonrisa de oreja a oreja, entre las luces encendidas de la metrópolis y con el temple de quien se sabía ya, un hombre.

Francisco Íñigo llego algunos años después, proveniente de una escuela militar en Missouri, Estados Unidos que había hecho todo menos enderezarlo, como estoy seguro, era el deseo de sus padres. Odié a Fran en el instante en que lo vi, había algo en su facilidad de adaptación y su pelo tipo afro que me molestaba. Semanas después, y con los prejuicios ya limados, me encontré con él en la cajuela de una camioneta verde que ya había visto sus mejores días.

Atrapados en el tráfico de la Ciudad de México y rumbo a un concierto que nos esperaba del otro lado de la urbe, decidimos bajar del auto y tratar de vender un par de boletos que nos sobraban. Nuestro intento de mercaderes, por supuesto, falló. Al terminar el concierto, con un par de heridas pasionales, nos dirigimos a la que, hasta hoy, es nuestra taquería favorita. De vez en cuando regresamos a Los Parados por un "qué me ves" y recordamos nuestra cortísima incursión en la respetable industria de la reventa en una de las arterias más transitadas de la capital.

Lo que tiene una gran historia es que uno no se da cuenta que es grande cuando la vive, sino hasta que la revive en la memoria. Es así porque cuando el suceso que crea la historia ocurre, estamos ocupados ya sea disfrutándola, temiéndola, exaltándola, etc.

Cuando por fin llegamos a la cima del Nevado, olvidé todo. Algo me decía que tendría que estar pensando en el auto, su precaria situación entre grava al borde del abismo, en esos frenos rechinantes y la falta de gasolina, pero todo lo que había allá arriba eran justamente memorias y uno que otro plan a futuro. Tal vez, en un par de años presumamos sobre el día que le ganamos a la naturaleza y que esta historia quepa entre el niño extraviado de Boston y los revendedores furtivos de Viaducto.

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