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Babel

Por: Miguel Rivera Dávila

Barcelona

La lengua materna de los mejores amigos que hice durante una estancia de casi tres años en Barcelona (que son coincidentemente de los mejores amigos que he hecho en mi vida), es el ruso. El que considero el bar imperdible de la Ciudad Condal (por el puro valor de su pan, tomate y vino) lo preside un hombre de Nueva Guinea de sonrisa impecable. La manera en la que aprendí a cantar durante un partido de futbol me forzó hacia el catalán y mi nueva forma de contar historias se forjó en inglés.

De Barcelona, recuerdo una profundísima mezcla de sonrisas, sabores y lecturas, un Babel exasperante que me enseñó que un hogar se forja de lo que uno, al menos de entrada, no entiende ni un carajo.

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